Si eres mamá de un niño que tiene un diagnostico de autismo, te aseguro que te aseguro que hay ciertas frases que has escuchado innumerables veces y que, pese a la rabia o el dolor que te puedan causar, no has sabido cómo responder. Una de ellas, es que el autismo está de moda y que el aumento de casos se debe a que hay un sobrediagnótico.

Es una conversación recurrente entre madres, abuelas y educadores: «En nuestros tiempos eso no se veía», «Ahora a todo le llaman trastorno», «El autismo está de moda, todo el mundo lo tiene» o alguna más que siga una línea similar.

La verdad es que, si hago memoria, cuando era niña no era común ver una desregulación emocional en el colegio o en algún panorama como el zoológico o el parque de diversiones, pero esa situación ha cambiado tanto que hoy en día algunos de estos lugares incluso ofrecen jornadas con menos estímulos para poder acoger a un grupo de niños que no podría ir en condiciones normales.

Ante el aumento evidente de crisis de desregulación emocional, dificultades de concentración y saturación sensorial en nuestros niños, es inevitable hacernos la pregunta: ¿Por qué ahora pareciera haber tantos más casos que hace 30 años?

La desregulación emocional como consecuencia del entorno

La respuesta fácil y castigadora suele ser culpar a la crianza moderna, acusar a los padres de una supuesta «falta de límites» o pretender que los niños de hoy son más débiles o caprichosos.

Pero la realidad no es tan simple como a muchos les gustaría que fuera. Si uno dedica un poco de tiempo a estudiar sobre el tema, puede encontrar datos y estudios con una verdad que, para muchos, es incómoda: Los niños no han cambiado; lo que cambió de forma radical, drástica y en un abrir y cerrar de ojos fue el entorno en el que crecen.

En mi búsqueda, encontré un estudio de revisión publicado en la revista médica PLOS Once, titulado «Impactos psicológicos del ‘tiempo de pantalla’ y el ‘tiempo verde’ para niños y adolescentes«, que analizó más de 180 investigaciones globales acerca de cómo afecta el aumento del uso de pantallas y la disminución del tiempo jugando en la naturaleza al cerebro infantil.

Sus conclusiones nos ofrecen una explicación científica a una pregunta que se repite: la combinación actual de un acceso masivo a las pantallas (Screen Time) y una pérdida casi total del contacto con la naturaleza (Green Time) ha roto el mecanismo orgánico de regulación con el que la infancia procesaba los estímulos del entorno durante generaciones.

Claramente, esta situación afecta a todos los niños, pero lo hace en mucho mayor medida en aquellos que tienen un cerebro con estructura neurodivergente.

La infancia de hace 30 años frente a la de hoy: Una mirada sin culpa

Para entender bien de lo que estamos hablando, necesitamos recordar el pasado sin romantizarlo. Si hacemos memoria sobre cómo era el día a día de los niños en los años 80 o 90, el paisaje era completamente distinto al actual.

El acceso a la tecnología era más que limitado, no era transportable como lo son los computadores y teléfono de hoy en día, y era un espacio que compartían los distintos miembros de una familia (nadie o muy poca gente tenía un dispositivo propio que pudiera usar a destajo) por lo que cada uno tenía un tiempo límitado de acceso.

El juego en la calle como el regulador invisible de nuestra generación

Nuestro tiempo libre, generalmente no era “malgastado” encerrados en nuestras casas, era disfrutado en el exterior. Lo normal era jugar en la calle, en una plaza o en el patio con amigos del colegio o del barrio.

Pasábamos horas corriendo, trepando árboles, inventando juegos con piedras, andando en bicicleta, patinando o simplemente dando vueltas. Eran tan así, que generalmente nuestras mamás tenían que salir a buscarnos porque ya era hora de comer o se estaba oscureciendo.

Nadie sabía o se cuestionaba los beneficios exactos de ese estilo de vida, pero el movimiento constante y el contacto con la tierra funcionaban como un regulador neurobiológico invisible. Si un niño acumulaba tensión, frustración o si su sistema nervioso estaba cargado por las exigencias del día, la descarga ocurría de forma natural a través del cuerpo.

El juego libre exterior era el mecanismo evolutivo por excelencia para procesar las experiencias, agotar la energía física y liberar las tensiones antes de volver a casa a comer y descansar profundamente.

El entorno hiperestimulado en el que crecen los niños hoy

Hoy en día, el escenario no podría ser más distinto, simplemente porque el funcionamiento de la sociedad cambió. El diseño de las ciudades modernas, el aumento de la inseguridad en las calles y las extensas jornadas laborales de la mamá y el papá han empujado a los niños hacia el encierro y el ir a jugar al aire libre se convirtió en la excepción o un panorama de fin de semana.

El vivir constantemente dentro de un espacio cerrado significó que la tecnología dejó de ser una herramienta ocasional para convertirse en el entorno mismo donde habitan.

Los dispositivos actuales (teléfonos inteligentes, tabletas, consolas y computadores) ya no son estáticos; son extensiones del cuerpo y hasta nosotros mismos sentimos como si nos faltara una mano cuando se nos queda el celular en la casa.

Las consecuencias del acceso libre a pantallas

En términos simples, el acceso infinito y personalizado a estímulos de altísima intensidad visual y auditiva las 24 horas del día significa que hoy los niños están expuestos en una sola mañana a más información, velocidad y cambios de estímulos de los que nosotras experimentábamos en un mes entero.

No me malinterpreten, muchas veces recurro a las pantallas. A veces es necesario para evitar un problema mayor, pero no es la solución ideal para nadie y es peor para niños que son más sensibles sensorialmente hablando.

¿Se imaginan como habrían sido sus infancias con el nivel de estimulación que reciben los sistemas nerviosos inmaduros y en crecimiento de los niños de hoy? Este cambio no tiene precedentes y el ser humano no fue hecho para tanto ruido.

¿Por qué las pantallas alteran el comportamiento y el procesamiento cerebral?

Cuando vemos a un niño colapsar al quitarle un teléfono o una tableta, la sociedad suele etiquetarlo como una «rabieta porque es malcriado», pero la neurobiología nos demuestra que lo que estamos presenciando es un sistema nervioso desbordado por un entorno artificial que altera la química de su cerebro que está pleno proceso de desarrollo y cableado sináptico.

Las plataformas digitales modernas están diseñadas por expertos para capturar el sistema de recompensa del cerebro. Cada video corto que cambia con un deslizamiento del dedo, cada sonido de victoria en un videojuego o cada notificación genera ráfagas constantes de dopamina, la hormona vinculada al placer rápido y a la búsqueda de novedad.

El secuestro dopaminérgico y la crisi de desregulación

En este ambiente, el cerebro del niño se acostumbra a una velocidad frenética donde la gratificación es inmediata y no requiere esfuerzo.

Por lo tanto, cuando el dispositivo se apaga de golpe, el mundo real —que se mueve bajo ritmos humanos, lentos, analógicos y orgánicos— se percibe como insoportable, monótono y aburrido.

El cambio brusco del subidón de dopamina al silencio del mundo real genera un cortocircuito en el sistema nervioso y las famosas desregulaciones infantiles, lejos de ser manipulación, son la respuesta normal de un cerebro que está en abstinencia sensorial.

Hace 30 años, los niños simplemente no experimentaban estos picos artificiales de dopamina de forma diaria y, por lo tanto, aquellos que tenían un cerebro con cableado distinto no experimentaban síntomas de sobreestimulación ni las crisis que se deriban de ellas.

Fatiga cofnitiva y dificultades para sostener la atención enfocada

Cuando un sistema nervioso se acostumbra a que los estímulos cambien cada tres segundos, la capacidad de sostener la atención de manera voluntaria (necesaria para escuchar en clases, leer un libro o procesar una instrucción compleja) se drena por completo.

Las funciones ejecutivas, que residen en la corteza prefrontal y que permiten planificar, organizarse y resistir las distracciones, entran en fatiga mental crónica. El entorno digital entrena los cerebros para la velocidad y la dispersión, no para la pausa y el enfoque analógico que exigen las estructuras escolares tradicionales.

El cuerpo congelado: Tensión acumulada sin vía de escape.

En el otro lado de la explicación, el mismo estudio concluyó que una de las razones fundamentales por las que ahora vemos más manifestaciones de inquietud motora, irritabilidad y angustia que en el pasado es la inmovilidad física.

El ser humano evolucionó a lo largo de miles de años para procesar el estrés y la estimulación a través del movimiento del cuerpo, para lo que se activa la respuesta de alerta del organismo, estimulando la producción de cortisol y adrenalina.

En la infancia de hace 30 años, esa energía se quemaba corriendo detrás de una pelota, saltando o andando en bicicleta. Hoy en día, el niño experimenta la sobreestimulación mental frente a la pantalla con el cuerpo completamente congelado en un sillón, lo que hace que las hormonas queden atrapadas y el sistema nervioso se mantenga en alerta constantemente.

Biológicamente, un cuerpo que acumula tensión sin una vía de escape físico termina manifestando irritabilidad crónica, bloqueos emocionales o una bajísima tolerancia a la frustración.

La alteración de los ritmos de descanso por la luz azul

Otro factor importantísimo que explica el aumento de la desregulación emocional si comparamos ambas épocas, es la alteración crónica del descanso. La luz azul que emiten las pantallas bloquea la producción de melatonina, la hormona responsable de inducir el sueño y los niños neurodivergentes, en particular, ya tienen un problema de producción de melatonina que solo empeora con esta exposición.

En el pasado, los niños entraban a casa físicamente cansados por el juego y con un reloj biológico perfectamente sincronizado por la luz natural del sol.

Hoy en día, van a la cama con un cuerpo sedentario pero un cerebro hiperactivado por la luz artificial, lo que resulta en un sistema nervioso que no logra un sueño profundo y verdaderamente reparador que, por lo tanto, pierde su capacidad natural para procesar las demandas del día siguiente.

El «Tiempo Verde» como el gran espacio de restauración sensorial

La revisión científica de PLOS One no se limita a realizar un diagnóstico, sino que rescata y valida científicamente el mecanismo regulador que perdimos en las últimas décadas: el tiempo verde (Green Time). Los investigadores demuestran que el contacto con la naturaleza es una necesidad biológica reguladora del sistema nervioso humano.

Cuando la ciencia habla de «tiempo verde», se refiere a cualquier fragmento de vida natural accesible en el día a día: caminar bajo los árboles, tocar la tierra, sentir el césped o cuidar plantas en casa.

El principio de compensación neuroambiental

Sé que todo lo que te he contado hasta ahora es un poco terrorífico y que, además, no es muy fácil ir en contra de lo que ahora es la “normalidad” en la crianza porque no hay ninguna posibilidad de dejar que un niño de 6 o 7 años se mueva solo por las calles, pero no todo está perdido.

Los científicos descubrieron lo que se denomina un efecto de amortiguación (buffering effect), esto significa que, si un niño pasa una cantidad significativa de tiempo frente a los dispositivos por razones de la dinámica actual, los efectos de saturación sensorial e irritabilidad disminuyen drásticamente si su vida cuenta con una dosis regular y consistente de tiempo verde.

La naturaleza funciona como un contrapeso. No necesitamos transformarnos en vigilantes perfectos que prohíban la tecnología de forma radical, pero si es importante asegurar la compensación.

Si la balanza familiar se inclina hacia el cemento y los píxeles, nuestra tarea es colocar suficiente peso en el lado de la tierra, el aire libre y el movimiento para devolver al organismo del niño su equilibrio natural.

El impacto del entorno según la etapa de desarrollo

El metaanálisis subraya que la pérdida de este factor protector afecta la madurez neurológica de formas distintas según la edad:

Primera infancia (Bebés y niños menores de 5 años)

Es la etapa de mayor plasticidad cerebral. El cerebro mapea el mundo a través del movimiento corporal y la exploración tridimensional.

  • El cambio moderno: El uso de pantallas en esta etapa desplaza la exploración física, dificultando que el niño desarrolle sus propios mecanismos de autorregulación.
  • El factor verde: Tocar la arena, caminar descalzos sobre el pasto o manipular hojas secas activa millones de conexiones sinápticas, otorgando seguridad corporal y propiciando un descanso saludable de forma espontánea, tal como ocurría en el pasado.

Edad escolar (Niños de 5 a 11 años)

Etapa donde la tecnología ingresa de manera definitiva a la rutina, aumentando el sedentarismo y la fatiga cognitiva.

  • El cambio moderno: La sobreestimulación digital constante drena la perseverancia ante actividades que requieren un esfuerzo sostenido y pausado.
  • El factor verde: El estudio demuestra que el contacto con áreas verdes optimiza las funciones ejecutivas del cerebro. Además, el juego libre al aire libre obliga a los niños a interactuar de forma directa, resolver conflictos de forma autónoma y desarrollar la empatía sin la mediación de un guion digital.

Adolescencia (Jóvenes de 12 a 18 años)

Periodo de reestructuración cerebral masiva, donde la socialización y la búsqueda de identidad se trasladan al ecosistema de las redes sociales.

  • El cambio moderno: La exposición constante a la aprobación basada en algoritmos y a la comparación virtual genera altos índices de saturación mental, aislamiento y ansiedad social.
  • El factor verde: La naturaleza ofrece a los jóvenes un refugio libre de la presión por la aprobación inmediata. Actividades al aire libre proveen espacios de introspección real, permitiendo bajar el volumen de las exigencias sociales y escolares.

La brecha verde y el diseño urbano

Algo interesante que aborda la investigación es que la pérdida del tiempo verde no es una decisión individual de las familias; está condicionada por el diseño de nuestras ciudades y factores como el entorno donde vivimos. Los científicos acuñan el término de la brecha verde.

En las ciudades contemporáneas, el acceso a parques arbolados y seguros suele estar distribuido de manera desigual. En muchos sectores, la escasez de áreas verdes o la inseguridad en los espacios públicos empujan comprensiblemente al uso de la tecnología como una herramienta de supervivencia y resguardo.

La pantalla mantiene al niño entretenido y físicamente a salvo dentro del hogar mientras los adultos trabajan hasta tarde todos los días, sin tener la posibilidad de llevarlo a un entorno natural que lo ayude a descomprimir y regularse de manera natural. No se le puede culpar a la familia por un cambio es transversal y universal.

Estrategias prácticas para devolver el equilibrio

Para imitar los factores protectores que teníamos hace 30 años dentro de la rutina de un hogar actual, podemos implementar pequeños hábitos consistentes que devuelvan el movimiento y la desconexión digital:

1. Aplicar la política del «Intercambio Verde»

Evita las dinámicas de prohibición directa que desgastan el clima familiar. Utiliza una estructura de reciprocidad: «El uso de pantallas es bienvenido, siempre y cuando se equilibre con un tiempo de movimiento al aire libre». Tras un periodo de juego digital, el acuerdo implica pasar un rato dando una caminata, regando las plantas o jugando en el patio.

2. Integrar elementos orgánicos en el interior

Si salir se complica por razones climáticas o logísticas, modifica el microclima de tu vivienda:

  • Maximizar la luz del sol: Abre las cortinas desde temprano para inundar la casa de luz natural. Esto regula el ritmo circadiano del niño de forma orgánica, favoreciendo el enfoque de día y el descanso de noche.
  • Crear espacios vegetales: Incorpora plantas de interior resistentes en las áreas comunes y haz a tus hijos partícipes de su cuidado. El contacto táctil directo con la tierra y el agua ayuda a calmar el sistema nervioso central de forma pasiva.

3. Fomentar las «Microaventuras» cotidianas

No asocies la naturaleza con viajes complejos o costosos. Los fines de semana, prepara algo sencillo de comer y pasa un par de horas en la plaza o parque arbolado más cercano. Permite que tus hijos jueguen de manera libre, corran o interactúen con la tierra.

Esa descarga física es el indicador de que su sistema nervioso se está liberando de la saturación acumulada.

4. Respetar la ventana libre de pantallas antes de dormir

Establece como norma inamovible retirar dispositivos electrónicos al menos 60 minutos antes de la hora de dormir. Sustituye ese tiempo por rituales de baja intensidad sensorial: leer juntos, conversar sobre el día, hacer estiramientos leves o escuchar música suave.

Al retirar la luz azul, permites que el organismo produzca la melatonina necesaria para un descanso continuo y verdaderamente reparador.

Cambiar el juicio por la reconexión ambiental

El malestar o la reactividad de la infancia actual no se solucionan desde el juicio social ni desde la pretensión utópica de aislar por completo a los niños de la sociedad digital. La respuesta está en comprender que sus necesidades biológicas siguen siendo las mismas de hace tres décadas: necesitan movimiento, descarga física y contacto con entornos vivos para poder procesar el mundo.

Nuestros hijos no son defectuosos ni difíciles; simplemente habitan un entorno que a menudo ignora sus ritmos naturales. Ofrecerles la naturaleza como un espacio de calma, juego libre y reparación es devolverles el hábitat que les corresponde por derecho evolutivo. Un día a la vez, reconectando con la vida real.

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