Lo que pasa cuando tu hijo entra en pánico

Si te ha pasado alguna vez algo como lo que te voy a describir, te va a gustar mucho esta entrada:

«Mi hijo entró en pánico en el supermercado. Gritaba, se tiraba al piso mientras yo intentaba de todo para que se calmara; partí por preocuparme y tratar de preguntarle que le pasaba y después de un rato, empecé a perder la paciencia y a decirle que lo iba a castigar por hacer un berrinche así, pero nada de lo que hice funcionó. Pasó una hora para que lograra calmarse.

Después, cuando llegamos a nuestra casa, estaba completamente tranquilo. Como si nada hubiera pasado. ¿Qué le pasa? Pareciera que entre más me enojo e intento ser firme, más se descontrola. Es el efecto opuesto al de la mayoría de los niños que reaccionan casi automáticamente cuando su mamá o papá los regaña”.

La respuesta está en la teoría polivagal. No es que tu hijo no entienda o sea indisciplinado. Es que su sistema nervioso está procesando información de manera diferente y para entenderlo, tenemos que hablar un poco de neurobiología.

Qué es la teoría polivagal (sin complicaciones)

Sé que el nombre suena a algo que solo los médicos entienden, pero te prometo que cuando lo leas, vas a pensar «eso es exactamente lo que le pasa a mi hijo».

La teoría polivagal la desarrolló el neurocientífico Stephen Porges en los años 90 y se puede resumir así: tu sistema nervioso está constantemente evaluando si el mundo es seguro o peligroso. No tú, sólo tu cuerpo.

Antes de que tu mente consciente tenga tiempo de pensar, ya tu cuerpo tomó una decisión. Es como una función básica e inconsciente similar a respirar o pestañar que el cuerpo está realizando constantemente.

Eso explica por qué tu hijo puede estar completamente fuera de control y al mismo tiempo no puede «simplemente calmarse» por más que se lo pidas. No es terquedad. No es falta de límites.

Es que su sistema nervioso identificó algo en su entorno que califica como amenaza y activó los mecanismos que nuestra especie tiene para hacer frente a cualquier peligro.

Este mecanismo se llama neurocepción y si pudieras verlo probablemente sería algo parecido a la luz de un faro que está continuamente alumbrando a su alrededor sin parar.

Por qué la neurocepción de tu hijo es más sensible

Los niños neurodivergentes tienen neurocepción más reactiva. Investigaciones en neurodivergencia muestran que personas con autismo y TDAH tienen sistemas de estrés que se activan más fácilmente.

Lo que para ti es ruido normal, para tu hijo suena tan fuerte que es equivalente a un ataque. Lo que para ti es un cambio menor, para tu hijo es el mundo que deja de tener sentido y deja de ser predecible, por lo que activa sus sistemas de alarma (y por lo que las rutinas visuales funcionan tan bien). Lo que para ti es una crítica social normal, para tu hijo es prueba de que es rechazado y que puede ser atacado por eso.

No tenemos que olvidar que nuestros hijos están aprendiendo a navegar en un mundo que fue diseñado para neurotípicos, por lo que sus necesidades no son tomadas en cuenta al minuto de fijar expectativas, rutinas ni el nivel de estimulación de ciertos espacios en los que se ven obligados a funcionar todos los días.

El nervio vago: quién controla las reacciones de tu hijo

El nervio vago es quien te hace llorar cuando algo te duele, acelera tu corazón cuando tienes miedo y también debilita tus piernas cuando estás asustada.

Es el nervio más largo del cuerpo humano y lo recorre completo: sale de tu cerebro, baja por tu cuello, y se conecta con todos tus órganos vitales como el corazón, pulmones, estómago e intestinos.

Su trabajo es constante: evaluar si los estímulos que percibes son seguros o si te ponen en peligro. Preguntándose todo el tiempo: ¿Es seguro estar aquí? ¿Debo estar tranquila? ¿Debo estar en alerta?

El nervio vago tiene varias ramas, y cada una de ellas corresponde a un estado diferente del cuerpo, permitiendo al cerebro dar distintas instrucciones según lo que percibe.

Los 3 estados en los que vivimos según la teoría polivagal

Los seres humanos no tienen un único estado emocional. Tienen tres, y van cambiando entre ellos según lo que observan a su alrededor. Entender estos tres estados es entender por qué tu hijo hace lo que hace.

Estado 1: Ventral (el estado verde)

Este es el estado de seguridad. Cuando tu hijo siente que es seguro conectar, aprender, estar con otros.

Cuando está en verde, puedes notarlo: respira tranquilo y profundo, su corazón late regular, su cara es expresiva y sus músculos están relajados. Hasta su digestión funciona bien. Todo su cuerpo dice «estoy seguro aquí».

En cuanto a cómo se comporta: juega, hace preguntas, escucha, coopera, puede aceptar límites sin derrumbarse, aprende cosas nuevas y se conecta de verdad con los demás.

Este es el único estado donde tu hijo puede cambiar de comportamiento, donde puede aprender, donde puede escucharte, aprender o respetar un límite.

Estado 2: Simpático (el estado naranja)

Este es el estado de alerta. Tu hijo siente peligro y su cuerpo se prepara para pelear o huir.

Físicamente, su corazón y respiración se aceleran, sus músculos se tensan y sus pupilas se dilatan. Su cuerpo entero entra en modo emergencia: sube la adrenalina, comienza a sudar, su estómago se cierra y lo invade una sensación urgencia que no puede explicar.

Por eso es que grita, pelea, empuja, intenta huir. Su cara se tensa, habla rápido o entrecortado, se mueve sin parar. No puede escuchar porque literalmente su cerebro no está disponible para eso.

Tu hijo no está siendo malo o teniendo un berrinche porque quiere que le compres un juguete; su cuerpo está en modo supervivencia.

Este es un mecanismo que los seres humanos hemos tenido desde siempre y está bien que lo tengamos porque ayuda a mantenernos con vida. El problema es cuando el cuerpo vive en este estado constantemente.

Estado 3: Dorsal (el estado rojo)

Este es el estado de colapso. Tu hijo siente que no hay escape posible y su cuerpo simplemente se apaga.

Aquí todo lo que subió en el estado anterior, cae. La energía, el ritmo cardíaco y la respiración. Se siente pesado, entumecido y se desconecta emocionalmente. Parece ausente aunque esté frente a ti.

Cuando llega a este nivel, se queda inmóvil, parece estar en otro mundo, no responde cuando lo llamas, su mirada es vacía y si habla, su voz es plana

Este es un mecanismo de supervivencia primitivo. Cuando el cuerpo siente que no hay escape, se apaga. Este estado ocurre cuando hay trauma crónico o cuando tu hijo siente que no hay forma de escapar del peligro. Algo así como los animales que se hacen los muertos.

El ciclo que ves todos los días

Imagínate un día típico. Por la mañana, tu hijo va al colegio, donde hay ruido, luces, cambios inesperados, demandas sociales confusas. Su sistema nervioso estuvo en modo simpático prácticamente toda la jornada. Usó toda su energía para comportarse, para parecer «normal», para no explotar.

Cuando lo vas a buscar al final de la jornada, basta echarle un vistazo para ver que el primer puchero se está formando (o la mueca de desagrado en el caso de los adolescentes).

En el caso de mis hijos, el primer llanto suele ser en el minuto mismo en el que estamos adentro del auto y puede darse el “lujo” de soltar todo lo que estuvo conteniendo las 8 horas anteriores.

Si le pregunto qué le pasa, lo común es que no sepa exactamente y empieza a vomitar (figurativamente) todos los detalles del día que lo hicieron sentir incómodo y, si tenemos suerte, a veces logra soltar algo más profundo sobre lo que podemos trabajar: había mucho ruido en la sala, no me dejaron participar del trabajo en grupo, x compañero me molestó, etc.

Después de la explosión, queda sumamente cansado y normalmente lo ayuda ver tv un rato o escuchar música o jugar con su peluche favorito, hasta poder volver y participar nuevamente del mundo con todas sus exigencias.

Lo que pasó: su sistema nervioso estuvo en pie de guerra todo el día. Llegó al límite y colapsó. No es culpa de nadie, es neurobiología, pero si son cosas a tomar en cuenta al momento de fijar estrategias que le ayuden a él en específico.

El masking (usar máscaras sociales para parecer neurotípico) que estuvo haciendo todo el día para no colapsar en el colegio, es un comportamiento muy común en niños neurodivergentes y es agotador neurobiológicamente hablando.

¿Para qué nos sirve saber sobre la teoría polivagal?

Creo que lo más útil que nos da el saber acerca de esta teoría es la paz mental de que no es algo que estemos haciendo mal nosotros, sino que es su sistema nervioso diciéndonos que si no tomamos medidas, la calidad de vida de nuestros hijos no va a mejorar, por lo que tenemos que tomar en cuenta la realidad que él está viviendo según su neurobiología:

Paso 1: Identifica el estado

Antes de reaccionar, pregúntate: ¿en qué estado está ahora?

Si está en ventral (verde), puede escuchar, aprender, conectar. Puedes establecer límites y enseñar.

Si está en simpático (naranja), está en supervivencia. No puede pensar racionalmente. Necesita regulación primero, no lecciones.

Si está en dorsal (rojo), está desconectado. Necesita presencia, no palabras.

El aprendizaje real solo ocurre cuando el sistema nervioso está en estado de seguridad.

Paso 2: Tú eres su presencia regulada

Tu hijo no puede regularse a sí mismo si tú no estás regulada. Su sistema nervioso está constantemente mirándote, escaneando tu rostro, tu tono y la energía que irradias.

Si estás tensa, asustada, enojada: su cuerpo detecta amenaza y entra en simpático. Si estás tranquila, presente, calmada: su cuerpo siente seguridad y puede comenzar a bajar.

Esto se llama co-regulación y es la herramienta más poderosa que tienes. Es la base del desarrollo de autorregulación en niños, especialmente en aquellos que tienen más desafíos en esta área.

Cómo hacerlo: respira profundo (él lo verá), habla lentamente (él lo escuchará), mantén una expresión abierta (su cuerpo confiará), acércate sin invadir (su neurocepción bajará), valida sin intentar arreglar (sentirá que lo entiendes).

Si quieres saber más sobre co-regulación lee esta entrada en la que hablo de eso.

Paso 3: Aprende qué lo regula

Para cada hijo es diferente. Algunos necesitan movimiento: saltar, correr, bailar. Algunos necesitan contacto: un abrazo fuerte, su peluche favorito o una manta de peso. Algunos necesitan espacio: alejarse, estar solos. Algunos necesitan estructura: saber qué viene después, tener rutinas y algunos necesitan sobre todo validación: «Veo que estás asustado», «tu cuerpo está en alerta», etc.

Para descubrir lo que le sirve a tu hijo en particular tienes que investigar y, si es lo suficientemente grande, puedes preguntarle una vez superada la crisis, a veces uno por ayudar hace exactamente lo que para ellos es señal de amenaza.

Paso 4: Ajusta el entorno

Si tu hijo tiene neurocepción sensible, el ambiente importa mucho. Para reducir amenazas: si hay ruido constante, prueba con música suave, silencio o audífonos de cancelación de ruido. Si hay luces fluorescentes, prefiere luz natural o color ambar (de las ampolletas antiguas preferentemente). Si los cambios inesperados lo desestabilizan, usa calendarios visuales y adelántale lo que puede esperar ese día. Si colapsa al recibir muchas instrucciones a la vez, ve de a una.

Para aumentar señales de seguridad: rutinas predecibles, espacios donde pueda retirarse, tu presencia calmada y límites claros (los límites bien puestos crean seguridad, no amenaza).

Lo que necesitas saber

Tu hijo no está eligiendo ser difícil.

Su sistema nervioso no eligió ser más sensible.

Tú no hiciste algo para causar su neurodivergencia (es genético, así que probablemente es un rasgo familiar más que de tu hijo solamente, puedes leer más en esta entrada)

Sabiendo todo esto, puedes hacerlo diferente y mejor para tu hijo. Cuando entiendes qué está pasando en su cuerpo, puedes responder a sus necesidades y no según como la sociedad diga que debería ser.

Cuando un niño se siente validado y seguro en su entorno, es mucho más capaz de desarrollarse de manera sana y alcanzar su potencial.

Una invitación para ti

Entender la polivagal es el primer paso, pero cada niño es diferente, cada uno tiene sus propios gatillantes, sus propias herramientas de regulación y sus propios patrones.

Por eso, cada niño necesita su propio mapa. No un protocolo genérico, sino algo construido para él, para su perfil que es único porque los que tenemos más de un niño neurodivergente en casa, sabemos que lo que funcionó con uno casi nunca sirve para el segundo y mantener cada perfil claro es sumamente importante al momento de establecer estrategias que funcionen para mejorar su calidad de vida.

Para ayudarte con esto es que creé NeuroMap. Una app de registro por voz que es capaz de detectar los gatillantes específicos de tu hijo, qué estímulos pueden influir en sus desbordes y qué factores que no estamos viendo también son importantes de considerar (horas de sueño, remedios, algún cambio de rutina, etc.). Así que si quieres empezar a construir ese mapa personalizado puedes anotarte aquí para ser de las primeras en conocerlo.