Este año ha sido el más duro del que tengo recuerdos. En enero, mi papá perdió la batalla contra el cancer y murió rodeado de su familia y amigos, muchísimo antes de lo que debería haber sido. Además, por cosas que no vale la pena detallar, mis niños y yo perdimos todas nuestras cosas materiales y también nuestras mascotas. Esto generó más de un proceso de luto, además de un cambio que transformó nuestras vidas por completo lo que para mis niños neurodivergentes ha sido complejo, pero no de la manera que me lo imaginaba.
Yo sabía que ellos lo estaban pasando mal, cada uno a su manera, pero me llamaba mucho la atención que a ratos parecía que todo estaba bien y que nada de lo que estábamos viviendo les afectaba.
En algún momento pensé que quizás yo exageraba al creer que las manifestaciones de dolor tendrían que haber sido mas intensas y me preocupaba que estuvieran bloqueando todo de una manera que no fuera sana para ellos, así que me puse a investigar y encontré que el duelo en la neurodivergencia rara vez se ve como esperamos, y eso ha llevado durante años a una idea equivocada y dañina: que los niños neurodivergentes o autistas no pueden sentir una pérdida, o no la sienten igual de profundo.
La evidencia dice exactamente lo contrario.
Por qué «no entendió lo que pasó» es la lectura equivocada
Una revisión sistemática publicada en Review Journal of Autism and Developmental Disorders, disponible en Springer, es clara en este punto: sentir que alguien querido ya no está y elaborar el duelo por esa ausencia no requiere una comprensión completa y abstracta del concepto de muerte. Un niño puede no manejar la idea filosófica de la mortalidad y, al mismo tiempo, sentir con total claridad que su papá, su abuela o su mascota ya no van a volver. Que no llore como esperabas, que no lo mencione, o que siga con su rutina, no es evidencia de que no le afectó. Es evidencia de que su duelo se expresa distinto.
De hecho, una revisión de alcance publicada en la revista Omega y disponible en PMC señala que históricamente se ha asumido que los niños con discapacidad intelectual o autismo no pueden comprender la muerte ni necesitan apoyo para procesarla, y por eso muchas veces quedan fuera de los rituales y las conversaciones familiares sobre el duelo, justo cuando más los necesitan. No es que no puedan. Es que el entorno decidió, sin preguntarles, que no valía la pena incluirlos, y esa exclusión bien intencionada —»para protegerlo»— suele ser la que más tarde complica el proceso.
Pensamiento concreto y la muerte: cuando las metáforas no ayudan
Muchos niños neurodivergentes procesan el mundo de forma muy concreta, y el duelo está lleno de lenguaje abstracto que puede generar más confusión que consuelo: «se fue a un lugar mejor», «está durmiendo para siempre», «lo tenemos en el corazón». Para un pensador concreto, estas frases no aterrizan como consuelo, aterrizan como información contradictoria: si se fue a un lugar, ¿por qué no podemos visitarlo? Si está durmiendo, ¿por qué nadie lo despierta? La claridad ayuda más que la poesía en estos casos: explicar que el cuerpo dejó de funcionar, que ya no respira, ya no come, ya no siente dolor, y que no va a volver, suele generar menos angustia a largo plazo que una metáfora bien intencionada que el niño no logra decodificar.
Esto no significa que haya que ser frío. Significa hablar con precisión y honestidad, sin asumir que el niño no puede con la información real. La confusión, cuando se sostiene en el tiempo, suele doler más que la claridad incómoda del primer momento y, si tu hijo hace la misma pregunta veinte veces («¿pero dónde está?», «¿pero por qué no vuelve?») no es que no te haya escuchado. Es que poco a poco está construyendo un concepto que para su cerebro no es intuitivo, y cada repetición es parte importantísima de ese proceso.
Alexitimia: sentir sin poder nombrarlo
Una parte importante de por qué el duelo de los niños neurodivergentes se ve tan distinto tiene que ver con la alexitimia: la dificultad para identificar, nombrar y describir las propias emociones, que es común en personas autistas.
Tu hijo puede sentir una tristeza enorme en el cuerpo: un nudo, un vacío, cansancio, dolor de guata, etc. sin tener las palabras para conectar esa sensación física con la emoción concreta, por jemplo «esto es pena por la pérdida».
Esta dificultad se relaciona directamente con la interocepción, esa capacidad de leer las señales internas del propio cuerpo: si ya es difícil identificar el hambre o el cansancio, identificar una emoción compleja como el duelo, que es un concepto mucho más abstracto, es todavía más difícil. El resultado puede parecer indiferencia, cuando en realidad es una tormenta sin nombre ni salida clara.
El duelo que se ve raro pero no está ausente
La investigación sobre duelo complicado en personas con discapacidad intelectual, publicada en PMC, describe algo que muchas familias no esperan: el duelo puede aparecer semanas o meses después de la pérdida y, cuando ya «se supone que deberían estar bien», puede aparecer el desborde, la irritabilidad, el retroceso en habilidades que ya tenía, o conductas repetitivas que no estaban antes.
Esto se llama duelo diferido, y no es un signo de que algo salió mal: es, muchas veces, la forma en que un sistema nervioso que necesitaba tiempo para procesar la información finalmente encuentra el espacio para soltarla.
En niños neurodivergentes, podemos ver algo similiarcuando nuestro hijo se desregular por motivos que no parecían tener relación directa con lo que estaba pasando en el momento: el cuerpo guarda información emocional y la libera cuando puede, no cuando es apropiado (de echo, casi siempre es en el momento menos óptimo).
Si tu hijo tuvo un funeral tranquilo y el quiebre llegó tres semanas después con un portazo por algo que parecía menor, probablemente no era por eso menor, sino que probablemente era el duelo manifestándose de una manera inesperada.
La rutina como ancla en medio del duelo
Una muerte cercana ya desordena la rutina de toda la familia: cambian los horarios, hay visitas, hay viajes, hay adultos llorando en momentos inesperados. Para un sistema nervioso que depende de la predictibilidad para sentirse seguro, la pérdida de la persona y de la rutina, puede pesar tanto como el duelo mismo.
Muchas veces no sabemos cómo enfrentarlo ni cómo ayudar a nuestros hijos a procesar. Aquí lo importante es intentar sostener lo que sí se puede sostener (la hora de dormir, la comida conocida, algún ritual diario) dentro de los cambios que son inevitables. Con esto le das a tu hijo un piso estable desde el cual vivir un proceso que tremendamente intenso.
Es probable que el duelo se vea distinto entre hermanos, y eso también es normal: uno puede llorar todos los días y el otro puede parecer «extrañamente bien» durante semanas antes de quebrarse de golpe. Comparar cómo cada uno procesa la pérdida rara vez ayuda; sostener a cada uno en su propio ritmo, sí.
Tu propio duelo, como mamá neurodivergente o cuidadora
No hablamos solo del duelo de tu hijo. Una investigación publicada en PMC sobre las experiencias de duelo en cuidadores de niños con autismo describe cómo estas madres y padres viven capas de duelo que muchas veces no nombran: no solo la pérdida concreta de un ser querido, sino también el agotamiento acumulado de sostener la regulación de todos mientras ellas mismas no tienen espacio para quebrarse.
Si sientes que no puedes llorar tranquila porque hay que explicarle la muerte a tu hijo, sostener su desregulación, y además funcionar en la vida diaria, no estás exagerando, sino que estás cargando con un duelo de varias capas al mismo tiempo, y mereces también tu propio espacio para sentirlo.
Qué ayuda de verdad
Incluye a tu hijo en el proceso, aunque te preocupe que no lo entienda del todo. Ir al funeral, participar de algún ritual simple y adaptado a su nivel, ver fotos, hablar del familiar que murió, todo eso ayuda más que protegerlo con silencio. Usa lenguaje directo y evita eufemismos: la palabra «murió» es más clara que «se fue» o «lo perdimos».
Anticipa que el duelo puede aparecer semanas después, disfrazado de otra cosa, y que eso no significa que algo esté mal, sino que el proceso está tomando su tiempo real y si notas que tu hijo no llora ni lo menciona, no asumas que no le importó: pregúntale de forma concreta cómo se siente su cuerpo, qué extraña, qué recuerda, en vez de preguntar solo «¿cómo te sientes?», una pregunta demasiado abstracta para alguien que todavía no tiene el mapa emocional para responderla.
Dale también una forma no verbal de procesar, si hablar es difícil: dibujar, escribir, armar un objeto o ritual propio para recordar a esa persona. No todo el duelo necesita pasar por palabras para ser real y estar siendo procesado.
Date permiso de sostenerte tú también. No tienes que ser la mamá que nunca se agota mientras acompañas el duelo de tu hijo. Buscar apoyo profesional, para ti o para él, no es un fracaso: es reconocer que esto es mucho peso para navegarlo sola y en silencio. A veces, hacer nuestro mejor esfuerzo implica pedir ayuda cuando lo necesitamos.
Si quieres acompañamiento en el camino
Saber que algo existe no alcanza. Criar Sin Molde te lleva paso a paso por este proceso — porque leer sobre neurodivergencia y duelo es el primer paso, pero trabajarlo es otro. Míralo aquí.
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