Tu hijo huele el plato antes de acercarlo. A veces lo rechaza solo por el olor, sin haberlo probado. No es solo dramatismo: un estudio de 2015 publicado en Frontiers in Psychology encontró que el olfato de los niños autistas procesa los olores de forma distinta, y que esa diferencia se relaciona directamente con el miedo a probar comida nueva.

Qué midió este estudio

Investigadores franceses trabajaron con 10 niños autistas y 10 niños con desarrollo típico, de entre 6 y 13 años. A cada uno le presentaron 16 olores distintos y midieron tres cosas: si podían identificar el olor, cómo exploraban el olor con la nariz, y si lo evaluaban como agradable o desagradable.

También le pidieron a los papás que completaran una escala corta de neofobia alimentaria, es decir, qué tan dispuesto está el niño a probar comida que no conoce.

Lo que encontraron sobre el olfato

Los dos grupos de niños distinguieron los olores agradables de los desagradables, eso no fue distinto entre grupos. Pero la fuerza de esa distinción sí lo fue.

Una distinción más débil en los niños autistas

En los niños con desarrollo típico, la diferencia entre «esto me gusta» y «esto no me gusta» fue muy marcada. En los niños autistas, la misma distinción existió, pero fue considerablemente más débil, casi tres veces menor en términos del tamaño del efecto medido.

Esto no significa que los niños autistas no puedan diferenciar olores agradables de desagradables. Significa que esa diferencia interna es menos nítida, menos automática.

El estudio también midió cómo cada niño exploraba el olor físicamente: cuántas veces acercaba la nariz, cuánto tiempo olfateaba, si se alejaba rápido. Esa parte de la exploración sensorimotora fue similar entre ambos grupos, lo que sugiere que la diferencia está más en cómo se interpreta el olor a nivel interno que en el gesto físico de olfatear.

La conexión con el miedo a probar comida nueva

Este fue el hallazgo central del estudio: en los niños autistas, mientras más débil era esa distinción entre olores agradables y desagradables, más alto era su puntaje de neofobia alimentaria, es decir, más miedo a probar algo nuevo.

Esa correlación no apareció en los niños con desarrollo típico. Ahí, tener una distinción olfativa más o menos marcada no se relacionó con el miedo a probar comida nueva.

La explicación que proponen los investigadores es que, si el olfato no te da una señal clara de «esto es seguro» o «esto no lo es», lo más razonable es evitar lo desconocido. El rechazo a probar algo nuevo, en ese caso, funciona como una estrategia de protección ante una señal sensorial ambigua.

Esto se suma a lo que otros estudios han encontrado sobre la hipersensibilidad sensorial en autismo, pero le agrega algo específico: no es solo que un olor moleste más, es que la señal de «me gusta o no me gusta» llega menos definida. Y esa ambigüedad, más que la intensidad del olor, parece ser lo que empuja a evitar la comida nueva.

Por qué esto es un estudio pequeño, pero vale la pena conocerlo

Con 10 niños por grupo, esta muestra es chica y los resultados no se pueden generalizar sin más estudios que los repliquen con más participantes. Los propios autores lo reconocen como un estudio exploratorio.

Aun así, es de los pocos estudios que investigan específicamente el olfato en autismo, un sentido que se estudia mucho menos que la vista, el oído o el tacto. Y conecta algo que muchas familias ya notaban de forma intuitiva: que el rechazo a la comida nueva empieza antes de que el niño la pruebe, en el momento en que la huele.

Qué hacer con esta información

  • Si tu hijo huele la comida antes de decidir si la prueba, no es un capricho ni una forma de ganar tiempo: puede ser parte de cómo procesa la información sensorial antes de arriesgarse.
  • Introducir un alimento nuevo junto a otro que ya conoce y le gusta, con un olor similar, puede darle una señal más clara de que es «seguro».
  • Evita forzar a que huela o pruebe algo en el momento; dale tiempo para acercarse al olor a su propio ritmo antes de esperar que coma.
  • Si la neofobia alimentaria es severa y limita mucho su dieta, conviene una evaluación con un terapeuta ocupacional especializado en alimentación.